De un “divorcio espiritual” a una vida nueva en Cristo

Testimonio personal de José Luis Carretero

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A estudiar inglés. En 1984 yo trabajaba para la Ford Motor Company en la ciudad de México, cuando me invitaron a tomar un entrenamiento de inmersión total en el idioma inglés en Estados Unidos por espacio de 3 meses.

Un compañero de trabajo me recomendó la Universidad de Míchigan, en la ciudad de Ann Arbor.

En aquél entonces yo llevaba 4 años de casado y nuestra vida matrimonial dejaba mucho que desear. Yo creía en Dios, pero era una relación totalmente distante, al punto de que ni siquiera iba a Misa. Patricia, mi esposa, fue siempre practicante, muy creyente, pero estaba triste y decepcionada por mi resistencia a buscar a Dios. En realidad, yo estaba en el peor momento de mi existencia y de mi matrimonio. En esa época, mi hijo Rodrigo tenía dos años y Mónica acababa de nacer.

En esas circunstancias me fui a estudiar inglés. El primer día de clases nos dieron un tour por la ciudad y en el autobús escuché hablar español como cinco o seis filas detrás de mí. Cuando nos detuvimos en un centro comercial para un descanso, bajé y esperé a que bajaran los dos jóvenes que hablaban español.

Los saludé y extrañamente uno de ellos, que se llamaba David, no entró al centro comercial, sino que se quedó conversando conmigo. Empezamos a caminar y de inmediato me empezó a predicar de Dios. Para mi fue muy extraño todo aquello. Cuando terminó el tour nos despedimos, y me dio un papelito con su teléfono ofreciéndome que lo llamara si tenía cualquier necesidad, a lo que asentí.

Dios te bendiga. Al despedirse me dio un abrazo diciendo “Que Dios te bendiga”, palabras que quedaron resonando en mis oídos, ya que no recordaba que nadie más que mi propia madre me las hubiera dicho antes. A los dos días me llamó al hotel para invitarme a cenar donde una familia nicaragüense, lo cual acepté. Cuando llegamos, los dueños de casa y su hija me recibieron muy amablemente, de abrazo y beso y llamándome por mi nombre, como si me conocieran de toda la vida. Al empezar a cenar, el dueño de casa bendijo los alimentos y oró por mis necesidades. Después de la cena, nos despidieron con mucho afecto y cariño y de nuevo con la consabida frase: “Que Dios te bendiga.”

Unos días después, David me invitó a cenar con otros jóvenes y a jugar al fútbol; naturalmente acepté porque me encanta el fútbol. Los otros jóvenes se veían todos alegres, felices, con una profunda paz y transparencia. Nos sentamos a la mesa, bendijeron los alimentos y cada uno hizo una oración por mí… yo quería meterme debajo de la mesa.

Fútbol y oración. Después de la cena, nos trasladamos al campo de juego, en donde ya nos esperaban otros muchos jóvenes. Nos reunimos en el centro del campo, uno de ellos tomó la palabra y bendijo el momento; yo estaba impresionado. El juego fue muy bueno, sobrio y limpio, los jugadores nunca dijeron una mala palabra ni al del equipo contrario ni entre ellos. Al término del partido, volvimos a la casa y David me preguntó: “¿Nos quieres acompañar a la oración de la noche que hacemos en la casa?” Por pena dije que sí. Bajamos a un sótano pequeño y cada uno tomó uno de los libritos rojos que había en una mesita; me pusieron uno en las manos y, todos de pie mirando al crucifijo, oraron con el canto de Simeón y leyeron el Salmo 4 en voz alta, perfectamente armonizados.

Aquella noche me fui impresionado; había sido una experiencia maravillosa, ver ahí a aquellos hombres, todos más jóvenes que yo, alabando y orando al Señor.

Pasaron otros tres días cuando David me llamó para decirme: “Te invito a tomar un curso llamado ‘La vida nueva en Cristo’ aquí, en la casa, los días martes, miércoles y jueves.” Accedí de inmediato, sin saber bien de qué se trataría. Escuché las pláticas con interés, pero al mismo tiempo con cierto escepticismo. Terminó el curso; oraron por los cuatro latinos que tomábamos el curso, y nos impusieron las manos, pero no experimenté nada diferente.

Pocos días después vino a buscarme David. Fuimos a conversar y me preguntó cómo me había ido en la oración y en los días siguientes a la misma. Le dije que bien, pero que realmente tenía una gran duda: “Qué es lo que tienes tú y tus amigos que yo no tengo y que se te ve en los ojos y en tu manera de vivir?” Me respondió: “Le hemos entregado nuestra vida a Cristo.” Le pregunté de inmediato: “Y ¿cómo se hace eso?” Me respondió: “Entrega tu vida a Cristo en un acto voluntario y sincero.”

La hora de la verdad. Aquella noche volví a mi cuarto en el hotel, me dirigí a las ventanas, las abrí y alzando los ojos al cielo pronuncié las siguientes palabras: “Señor Jesús, esta noche te entrego todo cuanto tengo y cuanto soy. No puedo seguir viviendo de esta manera. Ven a mi vida y toma autoridad de ella.” No supe más de mí, al día siguiente, desperté acostado sobre la cama, vestido. Corrí al espejo suponiendo ver mi aureola de santo, pero lo único que vi fue mi calvicie prematura.

Pasaron los días y poco a poco aprecié un gran deseo de volver a mi país, de reencontrarme con mi amada esposa y con mis hijos y restaurar toda mi vida. En todo el tiempo que había pasado por allá nunca había sentido algo parecido. Aprecié también una gran hambre de conocer el plan de Dios y de su palabra: la obra había empezado. Obviamente, ya le había platicado a Patricia por teléfono de las cosas que estaban ocurriendo, aunque yo tampoco las entendía. Era algo a lo que yo había llegado después de cuatro años de matrimonio, de una vida bastante desordenada y de un matrimonio muy deteriorado, con una gran necesidad de encontrar la verdad.

Yo no sabía cuál era la verdad, y de pronto me ocurre esto; tengo el primer encuentro con estos jóvenes y la oportunidad de recibir el Seminario de Vida en el Espíritu, que también se llama “Curso de Nueva Vida en Cristo”, fue como una revelación y la compartí con mi esposa por teléfono.

Mi gran aventura. Finalmente volví a México, lleno del Espíritu Santo y de la convicción de que tenía que cambiar mi manera de vivir. Me reconcilié con Patricia, dejé mis vicios e inicié mi gran aventura de la vida en el Señor. Fue algo maravilloso, pues mi esposa ama profundamente al Señor, así que cuando supo que yo había encontrado el camino, se produjo la reconciliación y un nuevo principio, un comenzar a caminar por el camino del Señor. Así fue como reconocí que Cristo era lo más importante en mi vida a partir de ese momento.

La vida en comunidad. Un tiempo después, el mismo joven que me evangelizó en Ann Arbor vino a vivir en México, en la ciudad de Monterrey, y nos invitó a ir esa ciudad a conocer una comunidad cristiana en la que él participaba. Nos gustó tanto lo que vimos que volvimos en varias ocasiones y al cabo de un año sentimos el llamado a integrarnos a esa comunidad, que se llama Jésed (palabra hebrea que significa amor misericordioso), donde se vive un estilo de vida completamente diferente.

Todas las familias están integradas en la comunidad. En mi familia somos cinco, y nuestros tres hijos tienen una vida activa dentro de la comunidad, allí sirven de diversas maneras y forman parte de la comunidad. La idea en general es compartir, cuidando la vida personal y tratando de esforzarnos cotidianamente para llevar una vida de discipulado radical. Tratamos de ir contra la corriente del mundo, vivir el Evangelio con nuestras debilidades, pecados y limitaciones, pero lo más cercano posible a la enseñanza de Cristo.

Por todo esto le doy eternas gracias al Señor, por su gran amor y por haberme llevado a un país tan lejano para encontrarme con Él; también le doy gracias a mi amigo David por haber sido el instrumento de mi salvación.

José Luis Carretero trabaja desde hace 24 años con la firma John Deere en la ciudad de Monterrey, México, donde vive con su esposa Patricia y sus tres hijos.

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