Cristo ha resucitado

“Si no meto la mano en su costado… no creeré”

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“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: ‘La paz con vosotros.’ Luego le dice a Tomás: ‘Acerca tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente.’ Tomás le contestó: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Dícele Jesús: ‘Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído’.”

Con la insistencia sobre el suceso de Tomás y su incredulidad inicial (“Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi dedo en ellas y mi mano en su costado, no lo podré creer”), el Evangelio sale al encuentro del hombre de la era tecnológica, que no cree más que en lo que puede verificar. Podemos llamar a Tomás “nuestro contemporáneo” entre los apóstoles.

San Gregorio Magno dice que, con su incredulidad, Tomás nos fue más útil que todos los demás apóstoles que creyeron enseguida. Actuando de tal manera, por así decirlo, obligó a Jesús a darnos una prueba “tangible” de la verdad de su resurrección. La fe en la resurrección salió beneficiada de sus dudas. Esto es cierto, al menos en parte, también aplicado a los numerosos “Tomases” de hoy que son los no creyentes.

La crítica y el diálogo con los no creyentes —cuando se desarrollan en el respeto y en la lealtad recíproca— nos resultan de gran utilidad. Ante todo nos hacen humildes, porque nos obligan a tomar nota de que la fe no es un privilegio, o una ventaja para nadie. No podemos imponerla ni demostrarla, sino sólo proponerla y mostrarla con la vida.

“¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?”, dice San Pablo (1 Corintios 4, 7). La fe, en el fondo, en un don, no un mérito, y como todo don no puede vivirse más que en la gratitud y en la humildad.

La fe tras la duda aclarada. La relación con los no creyentes nos ayuda también a purificar nuestra fe frente a las representaciones burdas. Con mucha frecuencia, los que no creen rechazan, no al verdadero Dios, al Dios viviente de la Biblia, sino a una idea distorsionada de Dios, que los propios creyentes han contribuido a crear. Rechazando a este Dios, los no creyentes nos obligan a volvernos a recapacitar en el entendimiento que nosotros mismos tenemos del Dios verdadero, que en realidad es incomprensible para la mente humana. Sólo se le puede conocer por la fe.

Pero también hay un deseo que expresar: el de que Santo Tomás encuentre hoy muchos imitadores suyos, no sólo en la primera parte de su expresión de fe —cuando declara que no cree— sino también al final, en aquel magnífico acto de fe que le lleva a exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!”

También se puede imitar a Tomás por otro hecho, el de que no cierra la puerta, no da vuelta la página y no se queda en su postura, dando por resuelto el problema de una vez por todas. De hecho, ciertamente le encontramos ocho días después junto a los demás apóstoles en el cenáculo. Si no hubiera deseado creer, o “cambiar de opinión”, no habría estado allí. Es obvio que quiere ver más, tocar más, y por lo tanto está en la búsqueda. Y al final, después de que ha visto y tocado con su mano, exclama dirigiéndose a Jesús, no como vencido, sino como vencedor: “¡Señor mío y Dios mío!” Ningún otro apóstol se había atrevido todavía a proclamar con tanta claridad la divinidad de Cristo.

© www.portaluz.org, 13 de abril 2015. Usado con permiso.

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