¡Alégrate, Hija de Sión!

Fuimos creados para vivir

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Dos novios comprometidos preparan con mucha alegría el día de su boda, pero se alegran más aún cuando finalmente llega ese día. Los esposos se llenan de júbilo cuando se enteran de que están esperando un bebé, pero mucho más cuando nace la criatura. Alguien que se entera de que ha recibido una herencia se llena de entusiasmo, pero más aún cuando le depositan el dinero en su cuenta.

Todo esto parece indicar que desde el principio Dios nos creó para una vida de alegría y gozo, no sólo ante la idea de lo que vendrá, sino al ver que se cumplen esas expectativas. En este Adviento queremos reflexionar sobre ambos tipos de regocijo. Queremos ver la alegría y expectación con que el pueblo del Antiguo Testamento esperaba el cumplimiento de la promesa de la salvación. También queremos hacernos una idea de cómo se alegraban los primeros cristianos, que conocieron a Jesús y experimentaron su salvación. Pero, sin duda, lo más importante es detenernos a observar nuestra propia experiencia para ver cómo podemos recibir personalmente esta salvación, y llenarnos del gozo del Señor.

A la espera del nuevo Rey. En la historia del Israel antiguo, una figura que resalta sobre muchos otros es la del Rey David, el mismo que venció al gigante Goliat, derrotó a los filisteos, unificó a todas las tribus hebreas. Tenía sus debilidades, naturalmente, pero siempre fue amado y admirado por su pueblo; se considera que su reinado fue una época de gran bendición, que las generaciones posteriores deseaban volver a vivir. Sabiendo esto, cómo se habrá llenado de júbilo el pueblo cuando Dios le prometió a David que un descendiente suyo sería “confirmado” en su reino y que su trono quedaría “establecido para siempre” (2 Samuel 7,12.16).

No obstante, después de la muerte de David cerca del año 960 a.C., cada descendiente suyo demostró ser más débil e indigno que el otro, al punto de que el pueblo llegó a perder la esperanza de que Dios volviera a cumplir la promesa de que un heredero recto y justo de David ascendería al trono e inauguraría una era de paz duradera.

Dos siglos más tarde, en el año 740 a.C., el profeta Isaías renovó las esperanzas de Israel anunciando que llegaría una nueva primavera. Lo hizo profetizando que una joven virgen concebiría y daría a luz un hijo tan especial que se llamaría “Emanuel”, que significa “Dios con nosotros” (Isaías 7,14). Sería conocido como “Admirable en sus planes, Dios invencible, Padre eterno, Príncipe de la paz” y el dominio de todo Israel descansaría sobre sus hombros (9,6-7). Muchos escrituristas piensan que con estas palabras Isaías se refería al Rey Ezequías, ya que éste fue uno de los reyes más rectos y santos después de David; pero los sucesores de Ezequías distaron mucho de demostrar este ideal. De hecho, la situación del país fue tornándose cada vez más difícil y llena de maldad.

Pasaron muchas generaciones y finalmente la nación fue derrotada por sus enemigos, humillada por sus pecados, ocupada por ejércitos extranjeros y llevada al exilio. A pesar de todo, quedó un “resto”, un grupo de fieles que guardó con amor y devoción las palabras proféticas de Isaías y otros profetas, palabras que les llenaban el corazón de júbilo y expectación: Dios vendría y los rescataría; un rey justo y santo reinaría en Israel y la nación volvería a experimentar paz y prosperidad. Esta esperanza fue luego ratificada por los nuevos profetas que fueron surgiendo.

Sofonías y la promesa de restauración. Uno de estos profetas fue Sofonías, que vivió por el año 620 a.C., en la época del justo Rey Josías. Jerusalén se encontraba dominada por el Imperio Asirio y la vida espiritual de los hebreos se había debilitado sobremanera. Cuando las fuerzas asirias empezaron a decaer, Josías empezó a llamar a sus conciudadanos a volverse al Señor y así brotó en el pueblo una pequeña luz de esperanza.

Fue en esta época de renovado optimismo que Sofonías empezó a profetizar. Exhortó al pueblo a arrepentirse de sus faltas y errores, pero también prometió que todos los que confiaran en el Señor experimentarían el amor de Dios y su poder restaurador. En efecto, el Señor quería no sólo que el pueblo renunciara a sus pecados y maldades, sino también colmarlos de su amor y librarlos de toda opresión y dolor. Esto llevó a Sofonías a proclamar:

¡Canta, ciudad de Sión!

¡Da voces de alegría, pueblo de Israel!

¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón!

El Señor ha retirado la sentencia contra ti

y ha rechazado a tus enemigos.

El Señor, el Rey de Israel,

está en medio de ti. (Sofonías 3,14-15)

Sofonías exhortaba al pueblo a llenarse de júbilo porque la gracia de Dios estaba con ellos, a pesar de que eran pecadores. Les anunció que Dios mismo venía a estar con ellos y, no sólo eso, sino que estaría “contento” con el pueblo y con su amor le daría “nueva vida” y “cantaría como en día de fiesta” (Sofonías 3,17).

Un Dios que se regocija. No muchas veces se nos ocurre pensar que Dios “canta” y se alegra, mucho menos por causa nuestra. ¡Pero lo hace porque nos ama! Canta porque somos para Él motivo de alegría por lo bueno que hacemos, pero más aún por lo que somos. Sí, en efecto, se regocija cuando tomamos buenas decisiones y nos tratamos bien los unos a los otros. Es cierto que hay ocasiones en que somos rebeldes y desobedientes, como también sucedía con los israelitas. Pero, así como el Señor siguió amándolos y protegiéndolos a ellos y no los abandonó, así tampoco nos abandonará jamás a nosotros, los cristianos de hoy.

Varios siglos después de Sofonías, San Juan retomó el hilo de esta verdad afirmando: “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo” (1 Juan 4,10). A su vez, San Pablo declaró: “Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5,8). Y esta es la razón por la cual podemos regocijarnos los fieles de hoy, especialmente en esta temporada de Adviento.

Zacarías y el gozo de la paz. El Libro de Zacarías se divide en dos partes: la primera, capítulos 1 a 8, y la segunda, capítulos 8 a 14. La mayoría de los especialistas considera que Zacarías, que vivió unos cien años después de Sofonías, fue efectivamente el que escribió la primera parte. Pero la segunda parte fue escrita al parecer 200 años más tarde, por alguien que supuestamente se dedicó a estudiar muy bien las profecías originales de Zacarías. En las palabras de esta segunda parte es donde nuevamente Dios promete restaurar a su pueblo y llenarlo de un gran gozo.

Este “Segundo Zacarías” presenta a un rey que vendrá a rescatar a su pueblo de la opresión extranjera y, como esta noticia es tan buena, el profeta llama al pueblo a alegrarse de corazón y alabar a Dios a viva voz:

¡Alégrate mucho, ciudad de Sión!

¡Canta de alegría, ciudad de Jerusalén!

Tu rey viene a ti, justo y victorioso,

pero humilde, montado en un burro,

en un burrito, cría de una burra.

Él destruirá los carros de Efraín,

los caballos de Jerusalén y los arcos de guerra.

Anunciará paz a las naciones. (Zacarías 9,9-10)

¡Que toda la tierra se regocije! Los profetas del Antiguo Testamento, como Isaías, Sofonías y Zacarías, jamás conocieron a Jesús ni supieron exactamente cómo sería su venida, pero se llenaron de gozo al percibir ciertos indicios de los planes y promesas de Dios. Los salmistas tampoco conocieron personalmente a Jesús, pero hablaron de la alegría que sentiría el pueblo al experimentar la presencia del Señor. Por ejemplo, en el Salmo 9 leemos: “Oh Señor, quiero alabarte con todo el corazón y contar tus muchas maravillas. Oh Altísimo, por ti quiero gritar lleno de alegría; ¡quiero cantar himnos a tu nombre! (Salmo 9,1-2). Otro salmista, haciéndose eco de la plegaria de toda la nación, exclama: “Nuestro corazón se alegra en el Señor; confiamos plenamente en su santo nombre” (33,21) y otro más exhorta a toda la creación a regocijarse: “Canten a Dios con alegría, habitantes de toda la tierra; den rienda suelta a su alegría y cántenle himnos” (98,4).

Los profetas y los salmistas del antiguo Israel se llenaban de júbilo, aun cuando no tenían más que promesas, tenues destellos de la luz que vendría de los cielos. Ahora bien, cuánta mayor alegría podemos experimentar los fieles de hoy porque Jesús, la Luz del mundo, ha venido y se ha dejado ver de sus seguidores. En efecto, Jesucristo, nuestro Señor, vino y murió por nosotros, para colmarnos de la gracia divina que necesitamos para llevar una vida santa y llenarnos del gozo del Señor.

Pero nuestro Salvador también nos ha hecho una magnífica promesa: que un día volverá en gloria. Y cada día nos pide que esperemos aquel día glorioso en que nuestro Redentor regresará al mundo. Su promesa de que un día habrá una nueva ciudad, la Jerusalén celestial, llena de amor perfecto, que vendrá al pueblo de Dios se debe a una razón simple: La Palabra de Dios es una promesa solemne del Señor y cuando Él hace una promesa, jamás deja de cumplirla. Así pues, alegrémonos y llenémonos de gozo, plenamente confiados de que recibiremos “un gran premio en el cielo” (Mateo 5,12). Esta es una promesa de Dios y ¡Él la cumplirá a cabalidad y a su debido tiempo!

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