Adviento: Jesús es nuestra salvación

Una llamada a aceptar a Cristo

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La Sagrada Escritura nos dice que “la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros” (Juan 1,14). En cada Navidad celebra­mos el hecho de que el Hijo de Dios viene al mundo como un bebé indefenso y, como le decimos al Señor una de las antífonas de la Octava de Navidad, Él ha hecho “un admirable intercambio, pues, al ofrecerte los dones que Tú mismo nos diste, esperamos merecerte a Ti mismo como premio.”

La Encarnación es el mayor acto de amor reali­zado en la historia. Contemplando a este Niño que reposa en un pese­bre, podemos apreciar cuán profundamente estuvo Jesús dispuesto a hacerse uno de nosotros; hasta qué punto quiso Él estrecharnos en un abrazo de aceptación.

Bien, pero ¿qué podemos hacer nosotros para experimentar este abrazo? ¿Cómo podemos experimen­tar este amor ilimitado? Una cosa que podemos hacer es meditar, con todo el corazón y el alma, en el misterio de la Encarnación, porque la meditación puede inspirarnos a dar la única res­puesta posible: aceptar a Jesús como Él nos aceptó a nosotros. Este es, sin duda alguna, el mejor regalo posible que podemos ofrecerle al Señor en esta Navidad.

Ahora bien, para que podamos aceptar de verdad a Jesús y el misterio de su Encarnación, estudiaremos tres pasajes decisivos de la Palabra de Dios que nos muestran que el Señor quiere que lo recibamos sin reserva alguna. Meditemos en estas palabras varias veces en este Adviento y pidámosle al Espíritu Santo que las escriba en nues­tro corazón.

Cristo se humilló. Renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cual­quiera, se humilló a sí mismo, hacién­dose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz (Filipenses 2,7-8).

Generalmente no nos detenemos mucho a reflexionar en estas palabras, cuando todo lo que vemos es el bebé acostado en el pesebre. Pero piense por un momento en la enorme mag­nitud de lo que Jesús hizo. El eterno Hijo divino de Dios, perfecto en san­tidad e ilimitado en poder entró en su creación, ¡como una de sus propias criaturas! Aquel que formó las estre­llas y las galaxias, aceptó someterse a los confines de un cuerpo mortal y limitado. Aquel a quien adoran los ángeles vino a hacerse un carpintero pobre, odiado y perseguido por aque­llos a quienes Él mismo había creado. Aquel que creó a los peces para nadar y a las aves para volar, comenzó su propia vida terrenal como un bebé absolutamente dependiente e inde­fenso. ¡Y lo hizo porque nos ama!

Sabemos que Jesús no hizo valer su divinidad en la tierra. Era per­fectamente divino y perfectamente humano y siguió siendo la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero aquel día en que entró en el seno de la Virgen María, no se aferró a su igualdad con Dios (v. Filipenses 2,6), más bien, dejó de lado la gloria que tenía en el cielo y se hizo uno de noso­tros en todo, excepto en el pecado (v. Hebreos 4,15).

Jesús siguió siendo el Señor de todo el universo, aun cuando aceptó someterse a las limitaciones de un cuerpo humano. Pero no vino triunfal­mente como un rey avasallador; vino a la humildad de un pesebre, envuelto en pañales. Esta afirmación puede evocar ideas de dulzura e inocencia, pero si miramos con atención al pese­bre, veremos quién es Aquel que está allí acostado. ¡Es el Creador de todo lo que existe y el Señor del universo! ¡La Encarnación es un acto sublime de una humildad inconcebible!

Pero la humildad de Jesús no ter­minó en el pesebre. No, esa fue lo que caracterizó toda su vida terrenal. Con gran humildad escuchaba a quie­nes lo confundían con otros profe­tas de Israel; hasta se rebajó a lavarles los pies a sus apóstoles, incluso aquel cuya traición lo llevaría a la muerte. Y se dejó crucificar en una cruz. Su vida entera fue un acto sobrecogedor de humildad perfecta, una vida abso­lutamente dedicada a hacer la volun­tad de su Padre y a conseguir nuestra redención. Dale, hermano, el abrazo de tu aceptación total a aquel humilde y bondadoso Señor, que dejó la majes­tuosa gloria del cielo para venir a sal­varte a ti.

Lleno de misericordia. Padre, per­dónalos, porque no saben lo que hacen. (Lucas 23,34)

En repetidas ocasiones vemos lo muy misericordioso que era Jesús: Se negó a condenar a una mujer sorpren­dida en adulterio (Juan 8,11); per­donó y curó a un hombre que sufría de parálisis (Marcos 2,1-13); le pro­metió al “buen ladrón” crucificado a su lado que ese día estaría con Él en el paraíso (Lucas 23,43).

Pero no es solo Jesús el que es rico en clemencia. Piensa también en el Padre celestial. Entregó a su Hijo único para que todos nuestros peca­dos fueran perdonados de una vez para siempre (Hebreos 10,10; 1 Pedro 3,18), aunque naturalmente tenemos que arrepentirnos para experimen­tar este perdón (Hechos 2,38 y 3,19). Pero cuando centramos la atención en el pesebre de Belén, lo que tenemos que recordar es que no hay ningún pecado que sea demasiado grave como para que el Señor lo perdone: ningún aborto, acto de adulterio o abuso; nin­gún robo o estafa o engaño… ¡Todo puede ser perdonado, si nos arrepen­timos y pedimos perdón!

¿Recuerdas la parábola del hijo pródigo? El joven se marchó de su casa y malgastó la mitad de la heren­cia de su padre llevando una vida licenciosa. Luego recobró el juicio y decidió regresar a casa. Jesús dice que “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión de él. Corrió a su encuentro y lo recibió con abrazos y besos” (Lucas 15,20). A pesar de todo lo que el hijo había hecho, el padre lo seguía esperando; siempre tuvo la esperanza de que su hijo regresara. Sin duda habían estado separados físicamente, pero el muchacho siempre estuvo en el cora­zón de su padre. Del mismo modo, nuestro Padre celestial nos guarda dentro de su corazón, aun cuando nos hemos alejado de Él. El Señor anhela que “regresemos a casa”, aunque hayamos cometido pecados grandes y pequeños.

A veces a nosotros nos cuesta mucho perdonar hasta la ofensa más pequeña, y también hay casos muy graves en los que en realidad es casi imposible perdonar. Ahora, tratemos de pensar en la suma de todos los pecados que se han come­tido desde que la humanidad cayó en el pecado, tanto los que ofenden a Dios como los que ofenden al pró­jimo. La magnitud es abrumadora­mente grande.

Ahora, con los ojos fijos en el Niño Jesús acostado en el pesebre, piensa en todo el daño que todos estos peca­dos grandes y pequeños le han cau­sado al Señor y al prójimo. Trata de comprender lo mucho que Dios se aflige por cada pecado, lo muy pro­fundamente que Él siente cada ofensa. Finalmente, mientras contemplas al Niño, repite una y otra vez la oración de Simeón: “Ya he visto la salvación; ya he visto la salvación; ya he visto la salvación” (v. Lucas 2,30). Claro que sí, Jesús es absolutamente mise­ricordioso. ¡Nos ha perdonado todos nuestros pecados! Dale un abrazo de tu sincera gratitud, porque Él es tu salvación.

Cristo es Dios. “Le pondrán por nombre Emanuel” que significa: “Dios con nosotros”. (Mateo 1,23)

Muchos de los que han dejado de ir a Misa dicen que la razón es que “no reciben nada.” Es cierto que este razonamiento es aceptable en algunas situaciones, pero hay otras, como la de ir a Misa, en que es simplemente totalmente errónea.

Por ejemplo, hay ocasiones en que preferiríamos tomar el día libre antes que ir a trabajar, o en que preferiría­mos no tener que disciplinar a uno de nuestros hijos; hay momentos incluso en los que nos gustaría olvidar nues­tras obligaciones financieras y salir a comprar la nueva computadora o el nuevo vestido que hemos estado mirando.

En situaciones como éstas, por lo general no cedemos ante estos deseos porque sabemos que las responsabi­lidades del trabajo y la familia tienen prioridad. Del mismo modo, nues­tro deber como cristianos es honrar y amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Ya sea que recibamos o no alguna bendición, con todo lo valiosa y mara­villosa que ella puede ser, eso es algo secundario. El mandamiento de amar a Dios tiene que ver con la fe, no con los sentimientos.

Jesucristo, nuestro Señor, es digno de nuestro amor y alabanza porque Él es Dios; es eterno, recto y santo; es todopoderoso y sabe todo lo que somos y lo que hacemos. Es absoluta­mente sabio y perfectamente justo. Es todo misericordioso, fiel y verdadero. Es el Mesías, el Salvador y el Señor; es el Amor encarnado.

Jesús es el Altísimo, muchí­simo más elevado que cualquier ser humano; está sentado a la derecha del Padre, y miríadas de ángeles lo alaban, le rinden honor y lo glorifican cons­tantemente. Cada día, todos los que habitan en la gloria del cielo, los ánge­les y los santos, exclaman diciendo: “¡El Cordero que fue sacrificado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza!” (Apocalipsis 5,12). En cada Misa, se nos invita a recordar estas palabras y todo lo que ellas significan. Cada misa es una invi­tación más a recibir a Cristo Jesús con un sincero abrazo de aceptación, por­que Él es Dios con nosotros.

Acéptalo. Queridos hermanos, todos debemos recibir con amor a nuestro Salvador Jesucristo, tal como Él nos aceptó a nosotros: con gran humildad, con perdón completo y con amor ilimitado. Debemos acep­tarlo sin reservas por lo que Él es: el Hijo de Dios vivo. Hay un viejo ada­gio que dice: “Tu vida es un regalo de Dios. Lo que hagas con ella es tu regalo a Dios.” Así pues, mientras celebras esta temporada llena de la alegría del Adviento, dale a Cristo el regalo que Él espera: Entrégate a Él un poco más cada día.

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