Adviento: Preparen el camino

Una invitación a prepararse y arrepentirse

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“No te preocupes.” Kermit A. Tyler nunca olvidaría estas palabras durante el resto de su vida. Siendo teniente en la Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos, aquella mañana del 7 de diciembre de 1941cumplía guardia en el centro de radar del Fuerte Shafter, en la Isla hawaiana de Oahu.

Un operador de radar situado en el extremo norte de la isla había reportado que “un punto luminoso” excepcionalmente grande aparecía en su pantalla de radar, lo que indicaba que venía un gran número de aviones a unas 130 millas de distancia y que se acercaba rápidamente.

“No te preocupes” le dijo Tyler. Pensaba que era un grupo de bombarderos B-17 estadounidenses que venía del continente. Pero estaba equivocado. Aquel punto luminoso resultó ser la primera bandada de aviones japoneses que lanzaron un sorpresivo ataque contra la base naval estadounidense en Pearl Harbor, ataque que precipitó a los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Después de analizar toda la infor­mación, se determinó que el equipo de radar había funcionado bien, pero no se había interpretado correcta­mente la información que presentaba la pantalla. Es muy posible que si el ataque se hubiera lanzado uno o dos meses más tarde, cuando el personal estuviera correctamente adiestrado, la guerra habría sido muy diferente.

Observar y prepararse. En esta temporada del Adviento, tres de las cuatro lecturas de la Misa dominical ponen de relieve la necesidad de man­tenerse despiertos y alertas; nos acon­sejan mantenernos atentos a lo que nos muestra nuestro radar espiritual y nos enseñan a interpretar correcta­mente lo que allí vemos.

El Primer Domingo de Adviento, el Señor nos invita a ser “vigilantes” y estar “alertas” (Marcos 13,33). En el Segundo Domingo, San Juan Bau­tista nos anuncia que viene uno que es muy poderoso, y nos insta a prepa­rarnos para recibirlo arrepintiéndonos de nuestros pecados (Marcos 1,1-8). Finalmente, el Tercer Domingo, como si las dos primeras advertencias no fueran suficientes, Juan el Bautista vuelve a decirnos: “Abran un camino derecho para el Señor” (Juan 1,23).

¡La advertencia es insistente! Clara­mente, hay algo muy importante que está a punto de suceder, y Dios quiere que estemos tan preparados como sea posible para recibirlo. Entonces, vea­mos para qué se supone que debemos prepararnos.

Este mundo no es nuestro hogar. Ahora, en el Primer Domingo de Adviento, cuando el Señor nos pide observar y estar despiertos, está clara­mente hablando del fin de los tiem­pos, cuando Él venga otra vez en gloria. Nos invita a estar alertas, por­que ninguno de nosotros sabe cuándo será su Segunda Venida, y no quiere que tan magnífico acontecimiento nos tome por sorpresa.

Al principio, tal vez nos parezca que hay una descoordinación cuando se piensa en la Segunda Venida mien­tras nos estamos preparando para celebrar la Primera Venida de Jesús en la Navidad. Pero hay una lógica más profunda que se nos presenta aquí. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que: “Participando en la larga prepa­ración de la primera venida del Sal­vador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su Segunda Venida” (CIC, 524). Si pensamos en la primera vez que el Señor vino como un bebé inde­fenso, recordaremos lo maravilloso que era y que es; y si recordamos su gloria, tendremos el profundo anhelo de verlo cuando venga nuevamente.

En años recientes, hemos visto la clase de señales de las que habló el Señor, cosas que indicarían que el final del mundo está cerca. Hemos visto guerras, catástrofes y ataques terroristas. Algunos entienden estos acontecimientos como siniestros augurios de que la Segunda Venida es inminente. Pero, puesto que absolu­tamente nadie, excepto nuestro Padre divino, sabe exactamente cuándo será el final, dedicar demasiado tiempo a pensar o hablar de estas “señales” puede distraernos de Jesús mismo.

Si bien algunos piensan que estos sucesos son realmente señales del final de los tiempos, muchas otras personas indican que a cada genera­ción le toca su parte de guerras, desas­tres y disturbios. Por consiguiente, a veces se dejan de lado o se rechazan las señales con demasiada facilidad. La indiferencia frente a estos suce­sos puede llevarnos a declarar: “No te preocupes de la Segunda Venida. Aún falta mucho.”

Hace dos mil años, San Pablo creía que la Segunda Venida era inminente; unos 300 años más tarde, San Agustín pensaba que el final del mundo estaba cerca, pero ambos estaban equivoca­dos. Con todo, aunque se equivocaron en el cálculo, estos santos tenían razón cuando nos exhortaban a prepararnos para el regreso de Jesús. Tanto a Pablo como a Agustín les habría gustado la siguiente anécdota de San Francisco de Asís. Un día, uno de sus frailes le preguntó: “¿Qué harías tú si supieras que el Señor vendría mañana?” Fran­cisco contestó: “Nada distinto. Segui­ría cultivando mi huerto.” Francisco no tenía necesidad alguna de cam­biar su rutina a última hora; ya estaba preparado para cuando viniera Jesús, fuera hoy o mañana.

El Adviento es una buena oportu­nidad para recordar que fuimos crea­dos para el cielo. Jesús quiere que mantengamos la mirada fija en nues­tro hogar divino, mientras cumplimos nuestras obligaciones en esta tierra. Quiere que tengamos el corazón fijo en la “Nueva Jerusalén”, donde la gue­rra será algo del pasado y donde no habrá pobreza, enfermedad ni muerte. El Señor quiere que pensemos en un lugar en el que nadie será explotado, discriminado ni insultado nunca más, un lugar en el que cada cual vivirá con paz, alegría y amor.

Este es el futuro en que el Señor quiere que meditemos con fe y espe­ranza; quiere que pasemos tiempo cada día recordando su promesa de que Él volverá una vez más, de modo que podamos encontrar el equilibrio correcto entre la vida en este mundo y el anhelo del mundo futuro. Quiere que tengamos la misma actitud que tenía San Francisco.

¿Y qué pasa con el pecado? En el segundo y tercer domingos de Adviento, Juan el Bautista nos exhorta a allanar el camino para la primera venida de Jesús, y para Juan, uno de los modos más importantes de prepa­rarse para la Navidad era arrepentirse de las faltas y pecados cometidos.

El pecado no es un tema muy popular. Al parecer, ya no está de moda la idea de que nuestras faltas y malas obras tengan consecuencias eternas. Ahora se prefiere encubrir y disculpar los pecados y defectos, para fijarse más en la bondad inherente de cada persona.

Sí, claro que la gente es buena y es cierto que somos la corona de la crea­ción de Dios y todos tenemos muchas virtudes y dones maravillosos. Pero eso no es todo; también tenemos el potencial de pecar y este potencial es algo que ponemos en práctica más de lo que nos gusta confesar. Pero lo peor es que cuando pecamos dañamos nuestra relación con el Señor y con nuestros seres queridos, y muchas veces perjudicamos a otras personas, porque ofendemos, causamos divi­siones, guardamos resentimientos y nos hinchamos de orgullo. En cierto modo, ¡nosotros somos nuestros peo­res enemigos!

Todos los profetas de Antiguo Tes­tamento hablaron del pecado y de la necesidad de arrepentirse y el mismo Señor Jesús nos instó a arrepentirnos. En la historia de la Iglesia, los papas y los santos, los obispos y los sacerdotes han llamado a los fieles a arrepentirse y recibir el Sacramento de la Recon­ciliación. A ninguno de ellos le gus­taba hablar del pecado; nadie pensaba que era algo agradable, pero lo hicie­ron y todavía lo hacen, porque sabían cuánto poder y gracia nos llegan cuando admitimos nuestros pecados. Ellos sabían que el arrepentimiento es indispensable para acercarnos más al Señor y al prójimo.

Jesús es la luz que “brilla en las tinieblas” (Juan 1,5), en un mundo que está oscurecido por el pecado. También brilla en el corazón de los fieles para confrontar la oscuridad de las faltas no confesadas que aún tene­mos. Es su luz —la luz de su santi­dad, su perfección, su misericordia y su amor— la que nos mueve a dejar al descubierto nuestros pecados y librar­nos de sus ataduras.

En el Sacramento de la Reconci­liación, le pedimos al Señor que ilu­mine directamente nuestra oscuridad interior y nos libre de ella; le pedimos que nos reconcilie con nuestro Padre celestial y nos limpie de todo pecado y culpa. ¡Y Él lo hace!

Cuando hemos sido reconcilia­dos, los obstáculos que dificultaban nuestra relación con Cristo desapare­cen y la luz del Señor brilla en noso­tros. Nos sentimos mejores, limpios, sanos y libres de la carga y la culpa del pecado. Nos sentimos aceptados por Dios.

Vistos a la luz del amor que Jesús nos tiene, sus advertencias de obser­var y permanecer alertas ya no nos parecen como amenazas; las vemos más bien como consejos personales. Son más como si nuestro cónyuge o un amigo de confianza nos hiciera una advertencia: “Conozco a esta gente con quien te vas a encontrar. Lo que quieren es hacerte daño, porque tú no les importas. Por favor, ten cuidado con ellos.”

¡Prepárese! El Adviento es una lla­mada a prepararse para la celebración de la Natividad de Jesús. Es una lla­mada a arrepentirse y pedirle a Dios que nos quite los pecados para que podamos disfrutar más plenamente de la presencia de Jesús. Nuestro Padre divino es una fuente inagotable de pie-dad y siempre nos perdona. Si que­remos experimentar ese perdón, todo lo que tenemos que hacer es acudir a su lado en la confesión y reconciliar­nos con Él.

Tal vez el ataque contra Pearl Har­bor pudo haberse evitado, si aquellos que trabajaban en la estación de radar hubieran estado mejor preparados. Aprendamos una lección de la historia y hagamos todo lo necesario para pre­pararnos lo mejor posible para cele­brar la Navidad.

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